Hay formaciones que entusiasman.
Sales de la sala con la cabeza llena de ideas, convencido de que vas a cambiar muchas cosas cuando vuelvas al trabajo. Durante unos días hablas con tus compañeros de conceptos que antes no conocías, compartes apuntes y hasta empiezas a imaginar cómo sería trabajar de otra manera.
Sin embargo, pasa una semana. Después dos. Y, casi sin darte cuenta, vuelves a hacer las reuniones como siempre las has hecho. Sigues organizando el día de la misma forma, reaccionando a las urgencias de siempre y tomando las decisiones con los mismos criterios que utilizabas antes de la formación.
Entonces aparece una sensación bastante habitual: “Aquella formación estuvo muy bien”. Y probablemente sea verdad. El problema es que una buena formación no garantiza un cambio de comportamiento.
Con el paso de los años he llegado a la conclusión de que el verdadero valor de una formación no se mide cuando termina la sesión. Se mide varias semanas después. Es ahí donde realmente se descubre si el aprendizaje ha pasado a formar parte de la forma de trabajar o si simplemente fue una experiencia interesante.
Las personas no solemos cambiar porque hayamos entendido una idea. Cambiamos cuando repetimos una conducta nueva el tiempo suficiente como para convertirla en un hábito. Y eso requiere intención, práctica y constancia. Exactamente igual que ocurre cuando queremos mejorar nuestra condición física o aprender un idioma.
Por eso veo empresas que invierten mucho dinero en formación y obtienen resultados muy distintos. No porque unas tengan mejores profesionales que otras, sino porque algunas entienden que la formación es el principio del proceso, no el final. El aprendizaje necesita aterrizar en el trabajo diario. Si no ocurre, el conocimiento termina perdiéndose entre la presión del día a día, las interrupciones y las viejas costumbres.
Hay un detalle que suele pasar desapercibido. Nuestro cerebro siempre intenta ahorrar esfuerzo. Cuando estamos cansados o bajo presión, no busca la mejor forma de hacer las cosas; busca la más conocida. Por eso, si no hemos creado un hábito nuevo, acabaremos recurriendo al antiguo, aunque sepamos que no es el más eficaz.
Precisamente por eso, al finalizar una formación, siempre recomiendo elegir uno o dos cambios concretos y convertirlos en objetivos SMART. No hace falta intentar cambiar veinte comportamientos a la vez. Es mucho más efectivo identificar el hábito que tendrá mayor impacto y trabajar sobre él hasta que pase a formar parte de la rutina.
Puede ser preparar las reuniones con antelación, planificar la semana cada viernes, delegar mejor, reservar bloques de trabajo sin interrupciones o dedicar tiempo a hacer seguimiento del equipo. Lo importante no es el hábito en sí. Lo importante es que exista un compromiso real por mantenerlo en el tiempo.
Ese es también el motivo por el que, en todas las formaciones que imparto, dedico el tramo final a ayudar a los participantes a traducir las ideas en acciones concretas. No me interesa que salgan diciendo que la sesión les ha gustado. Me interesa que salgan sabiendo qué van a hacer de forma diferente el lunes por la mañana.
Porque una formación puede inspirarte durante unos días pero un hábito nuevo puede cambiar tu forma de trabajar durante años.
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